Fiestas de Quito, los toros y Guayaquil
por Ricardo Cevallos Estarellas*
Paola es
una chica guayaquileña de 20 años que participó en la enorme protesta
que se armó alrededor de la nueva plaza de toros de Guayaquil el pasado
29 de octubre. Su mirada se pierde entre la gente que entra a la plaza
de toros mientras dice con pena: “No entiendo cómo puede venir tanta
gente a ver asesinar a un ser viviente. Hasta lo entiendo en gente
mayor, pero miren toda esa gente joven entrando allí”. La tesis de este
artículo es que Paola no es un caso aislado, sino que una creciente
cantidad de personas de la generación nacida en los 80, está arribando a
su mayoría de edad en el turbulento mundo del siglo XXI con una
sensibilidad mayor que la de la generación de sus padres.
No es que todos sean así, pero es fácil distinguir de qué estoy hablando
cuando se compara a estos chicos y chicas con esos otros jóvenes de la
misma edad que abrazan los falsos valores del consumismo, con un
patético desinterés hacia el arte, la buena música y el mejoramiento de
su calidad de seres humanos, como si esas fueran cosas del pasado.
Es posible que unas de las primeras manifestaciones visibles de esta
renovada generación hayan sido estas demostraciones antitaurinas. Por
ser mi hermano un activista de fundaciones que luchan por un trato más
compasivo hacia los animales, he conversado con algunas personas que
están involucradas con el Movimiento y puedo decir que he encontrado,
sobre todo en los seguidores más jóvenes, una nueva actitud hacia la
vida. Eso es interesante porque es sabido que la juventud ecuatoriana ha
sido no precisamente muy comprometida con las causas importantes de la
humanidad. En estos individuos he encontrado aprecio y respeto genuino
hacia la naturaleza; amor por la buena música y el arte en general; veo
otro nivel de conducta frente a la tradicional división de “cholos vs.
aniñados”, “monos vs. serranos”. Son chicos y chicas sin clase social,
quizás no tan preocupados en el “parecer” sino más en el “ser”.
En una sociedad tradicionalmente tan prejuiciosa y llena de
resentimientos por doquier, es alentador encontrar gente joven fuera de
esos rígidos esquemas.
La sensibilidad que han demostrado los que protestaron contra las
corridas de toros merece ser aplaudida, porque en un mundo con tanta
violencia, es alentador escuchar una voz que se pone de pie y, sin
fanatismos ni resentimientos, rechaza alguna manifestación de esa
violencia.
Una esperanza para la ausencia de valores éticos que vive Ecuador es que
las nuevas generaciones vengan ya con ese sentimiento de “colectividad”
cuya falta en las generaciones actuales y pasadas tanta corrupción y
estancamiento ha traído a nuestro desarrollo como país. Es posible que
las nuevas generaciones de ecuatorianos, como los “Paolas”, dejen de dar
tanta importancia a ser “aniñado” o “serrano” y sean simplemente
ecuatorianos orgullosos de vivir en un pequeño paraíso tropical con
gente alegre y hospitalaria. Si alguien todavía tiene fe que eso es
posible, ya sabe hacia dónde mirar.
Ricardo Cevallos Estarellas*Periodista