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A
lo largo de toda la historia de la pintura española abundan los cuadros
de todo tipo que cuentan con la presencia de perros, ya se justifique ésta
por la misma naturaleza del tema (como en las escenas de caza o en los
retratos de cazadores, acompañados siempre de su fiel auxiliar canino),
ya se considere dicha presencia como complemento o contrapunto de la
figura principal del cuadro (como ocurre en los numerosos retratos en
los que aparece un diminuto perro de compañía
junto al personaje retratado).
De
ahí que sea tan extensa la relación de pintores que han trazado con su
paleta los rasgos de perros de todas las clases, mastines, lebreles, o
galgos, así como perros falderos y también perros callejeros.
Los
ejemplos más representativos y mejor acabados se encuentran en los
cuadros de los mejores pintores españoles de la historia, concretamente
en los retratos y las escenas de caza pintados por Velázquez y Goya
LA
PINTURA DE MURILLO SIGLO
XVII
Bartolomé
Esteban Murillo (1617‑1682), considerado primero como el pintor más
excelso que nunca haya nacido en España, y relegado después a un
injusto olvido, en todo caso fue un notable pintor que, según dice Gaya
Nuño, sin llegar a la genialidad de un Velázquez, y a pesar de las
dificultades en la composición que se aprecian en su obra, sí destacó
por su dominio de la luz, y sobre todo, por una cualidad que, como el
mismo Gaya Nuño señala, «recibe el nombre de gracia».
Ésa
es una característica que sobresale principalmente en las figuras
secundarias de sus composiciones. Y, sobre todo, en su tratamiento de la
infancia. Y también en las figuras de los perros que aparecen a lo
largo de toda su obra.
LOS
PERROS EN LA PINTURA
RELIGIOSA DE BARTOLOMÉ MURILLO
Sea
cual sea el tema de la pintura de Murillo, es muy frecuente que aparezca
un perro formando parte de la composición. Lo cual se puede comprobar fácilmente
en los cuadros de tema bíblico o religioso que representan una parte
importantísima de la obra del pintor sevillano.
En
el hijo prodigo rechazado por las cortesanas (de las Historias del hijo
pródigo) un perro menudo, blanco, saltarín y gozoso, aparece recibiéndolo
a las puertas del padre.
En
Historias de Jacob (Labán buscando los ídolos robados), un perro,
revestido de la función de guardián, ladra a los que pasan.
El
minúsculo lanudo que aparece en el cuadro del Nacimiento de la Virgen
es casi tan luminoso como la recién nacida.
Y
en el cuadro La Sagrada Familia del pajarito, el cuzquito que alza su
mano dispuesto a saltar hasta el ave que el niño le retira jugando es
uno de los elementos de la composición pictórica que más atrae la
atención.
Lo
mismo puede decirse de La Sagrada Familia con un perrito, un cuadro en
el que el animal que aparece en primer término ocupa un lugar
privilegiado.
En
el Martirio de San Andrés, un perro se gira hacia su dueño, pendiente
sólo de él, sin que parezca interesarse lo más mínimo por el
sufrimiento del mártir ni por la presencia de los santos portadores
alados de palmas y coronas.
La
paleta de Murillo también repite la figura canina en las dos pinturas
para el Hospital de la Caridad, La curación del paralítico en la
piscina (en la que brillan los cálidos ojos de un perdiguero como
testigo mudo del milagro) y La vuelta del hijo pródigo.
LOS
PERROS EN LA PINTURA PROFANA DE MURILLO
Aparte
de los cuadros de tema religioso, que representan la mayor parte de la
producción pictórica de Murillo (autor de cuarenta Inmaculadas,
treinta Vírgenes con Niño, etc.), encontramos otros muchos cuadros con
retratos o con escenas de género en los que el pintor también pintó
perros.
En
los retratos en que Murillo introduce un perro, éste aparece como un
complemento familiar que cobra tanta importancia como el mismo personaje
central.
Así
ocurre en el retrato de don Justino de Neve, en el que al lado de la
figura taciturna y sombría del hombre, el color se concreta en el lazo
del perro faldero sobre un collar de cascabeles.
Niños
y perros
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afirma Gaya Nuño con respecto al tratamiento de los niños en la
pintura de Murillo, el artista «se siente a su pleno sabor al
manipular sus travesuras, sus pequeñas comilonas, sus horas de
holganza, de inocente jolgorio, de risa perenne En opinión del
autor citado, gran parte del interés que despiertan muchas de las
obras de Murillo se debe a la «presencia de chiquillos,
eternamente graciosos y activos».
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Aunque
no siempre haya risa ni la atmósfera sea festiva en algunas
composiciones, como la del niño piojoso. Pero, siempre, Murillo nos
presenta las escenas de niños con un amor, con una gracia y con una
simpatía que se perciben de inmediato.
Y
lo mismo cabe decir de los perros que, aparecen en las escenas de niños.
Así, hay composiciones en las que Murillo reúne niños y perros y en
las que su pintura destaca por la gracia y espontaneidad de las figuras
representadas, cuyos rasgos ha trazado el pintor con una gran ternura,
como si confundiera la infancia con un estado de gracia.
En
el cuadro Niños comiendo un pastel, el perro que mira atentamente
esperando recibir parte del bocado, comparte con los dos pícaros toda
la vivacidad y la gracia que es capaz de expresar Murillo. Esas mismas
características se encuentran también en otras pinturas como las de Niños
jugando a los dados y Vieja despiojando a un niño
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